VÍCTOR MARTÍNEZ
17 de julio de 2017 / 08:05 a.m.

MONTERREY.- Era la mañana de aquel 6 de agosto de 1945.

El presidente de Estados Unidos, Harry Truman ordenaba el primer ataque nuclear a Japón.

El Little Boy impactó a las 8:15 de la mañana a 600 metros de altitud sobre el suelo de Hiroshima.

Su Uranio causó la muerte de más de 140 mil personas, y provocó junto con el ataque a Nagasaki la rendición de Japón y el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Aunque poco se recuerda, un mes después, un tifón terminó por destruir lo que la bomba dejó en pie.

Pero lo que el Uranio y el tifón no mataron fue el ánimo de Hiroshima.

La ciudad resurgió y a 72 años es un importante agente de la industria automotriz que representa una tercera parte de su PIB en los últimos 10 años.

Hiroshima se encuentra a cuatro horas de la capital Tokio, se llega en el Shinkansen, el tren bala que recorre buena parte de Japón y en el interior de la ciudad existen diversas opciones como el uso de camiones o el tranvía conocido como Hiroden.

Su valor histórico es innegable, sobre todo si se visita el lugar reconocido por la UNESCO, como Patrimonio de la Humanidad; El Memorial de la paz.

A unos metros de la cúpula de Genbaku, se encuentran otros lugares que componen este parque conmemorativo de la Paz en Hiroshima.

La estatua de los Niños de la Bomba Atómica, en memoria de los pequeños que fallecieron, el cenotafio Conmemorativo, la llama de la paz, que permanecerá encendida mientras en el mundo persista la amenaza de otro ataque nuclear, una sala conmemorativa y el cenotafio de las víctimas coreanas, porque entre los fallecidos 20 mil eran de ese país vecino. 

Y a un lado el crucero del río Hiroshima, y su ruta Marítima del Patrimonio Mundial.

Así, Hiroshima está lejos de ser una ciudad en ruinas, se mantiene viva y con el grito elevado, con la súplica de paz, para que nunca más la humanidad vuelva a escribir una página tan negra en su historia.

Desde Hiroshima, Japón.
Jorge Fragoso, Victor Martinez enviados especiales.



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